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Carátula El sexo me da risa

El sexo me da risa (1979): una comedia popular en la encrucijada del cine mexicano

La cinematografía de la comedia picaresca en América Latina cuenta con numerosos exponentes que retrataron la cultura popular de sus respectivas épocas con mayor o menor fortuna estética. Dentro de este amplio abanico de propuestas comerciales, El sexo me da risa destaca como un testimonio evidente de un momento muy particular de la producción fílmica del año 1979. Dirigida por Rafael Villaseñor Kuri, la película se adentra en los códigos del humor popular y la picardía urbana a través de una estructura episódica que busca conectar de manera directa con el público de las salas de cine.

Abordar una obra de estas características desde la perspectiva actual exige comprender el contexto de su estreno. La industria cinematográfica atravesaba etapas de transformación donde el cine de ficheras y las tramas de enredos sexuales ganaban terreno comercial de forma masiva. En este escenario, la aportación de un realizador como Rafael Villaseñor Kuri respondía a las demandas de consumo rápido y entretenimiento ligero, priorizando la accesibilidad temática por encima de cualquier pretensión autoral compleja o academicista.

¿Cómo funciona la estructura episódica en El sexo me da risa?

El filme opta por una fórmula narrativa basada en la fragmentación. Lejos de proponer un argumento lineal y sostenido, la película se divide en tres cuentos independientes que comparten tono, estilo y universos temáticos. El primer segmento, según los datos verificados de la producción, arranca con la figura de un padrote o vividor de mujeres que ejerce de mentor ante un joven aprendiz. Juntos recorren diversos escenarios urbanos, desde el transporte público hasta cabarets nocturnos, en una dinámica que expone las relaciones de explotación y el comercio del afecto.

Esta estructura de relatos breves presenta ventajas y desafíos evidentes para el espectador. Por un lado, mantiene un ritmo dinámico al cambiar de situación y personajes de manera constante, evitando que el aburrimiento se apodere de la proyección. Por otro lado, la profundidad dramática se resiente de forma inevitable. Cada historia funciona como una anécdota autoconclusiva donde los conflictos se resuelven de manera rápida, priorizando el gag cómico o la situación inverosímil por encima de la evolución psicológica de los implicados.

¿Qué aporta la dirección de Rafael Villaseñor Kuri al conjunto?

La labor tras las cámaras de Rafael Villaseñor Kuri se caracteriza por la funcionalidad y la inmediatez. En producciones de esta índole, el director actúa más como un eficaz artesano del medio que como un autor con inquietudes plásticas profundas. La puesta en escena resulta sobria, supeditada por completo a la claridad de las acciones y a la visibilidad de los intérpretes en pantalla. No hay grandes hallazgos visuales ni movimientos de cámara complejos; la prioridad absoluta es registrar la acción y permitir que los diálogos fluyan sin interferencias técnicas.

Este enfoque directo tiene una lectura doble. Por un lado, dota a la película de una transparencia formal que facilita su comprensión y visionado. Por otro lado, carece de la inventiva visual que otros realizadores sabían imprimir a materiales similares. La ambientación de los espacios, como los cabarets o las calles transitadas por los personajes, cumple con creces su función de contextualizar el submundo retratado, aunque sin alcanzar cotas de especial inspiración estética o atmosférica.

¿Cómo se defienden Sasha Montenegro y el reparto en El sexo me da risa?

El peso interpretativo de la propuesta recae de forma indiscutible en su elenco principal, encabezado por nombres muy conocidos de la época como Sasha Montenegro, Eduardo de la Peña, Gloriella y Tere Álvarez. Los actores y actrices asumen los arquetipos propios del género con profesionalidad, conscientes de que los personajes están diseñados desde la caricatura y el trazo grueso. Las interacciones reflejan la complicidad propia de este tipo de comedias populares.

Sasha Montenegro aporta una presencia magnética que domina cada plano en el que interviene, convirtiéndose en uno de los rostros más reconocibles de la propuesta. Por su parte, Eduardo de la Peña y el resto del reparto secundario transitan por la farsa con registros exagerados, buscando la complicidad inmediata del respetable. Destacan momentos concretos de la trama, como aquel en el que el aprendiz del primer cuento baila con una fichera que resulta ser maricón, un giro argumental que rompe las expectativas iniciales del mentor y añade una capa de humor heterodoxo a la narración.

¿Cuál es el valor del guion y los diálogos en El sexo me da risa?

El libreto constituye uno de los elementos más debatibles de la producción. Construido a base de situaciones picarescas, malentendidos y réplicas de doble sentido, el guion fía su suerte al ingenio verbal y a la gracia de los intérpretes. Los diálogos buscan constantemente el chiste fácil y la complicidad a través de la picardía cotidiana, reflejando de manera directa el habla popular de los sectores urbanos marginados o bohemios de finales de la década de los setenta.

Sin embargo, el paso del tiempo incide de manera desigual en este tipo de textos humorísticos. Lo que en su momento de estreno podía percibirse como una transgresión simpática o un reflejo costumbrista, hoy se lee desde coordenadas culturales muy diferentes. Las dinámicas de poder entre los personajes, las tensiones de género y la representación de los roles masculinos y femeninos responden a una época muy concreta, exigiendo del espectador actual una mirada contextualizadora y desprovista de anacronismos morales.

¿Cómo fue la recepción y el impacto histórico de El sexo me da risa?

Comprender la trayectoria comercial de la película implica atender al pulso del público de su tiempo. Este tipo de comedias de explotación urbana y picardía erótica contaba con una base de espectadores muy fiel que acudía masivamente a las salas en busca de evasión y entretenimiento sin complicaciones. La recepción en taquilla solía ser el termómetro definitivo que validaba la continuidad de estas fórmulas industriales dentro del panorama cinematográfico comercial.

Con el paso de las décadas, la cinta se ha integrado en el imaginario colectivo como un documento arqueológico de la cultura popular audiovisual. No figura entre las cumbres artísticas del cine de su país, pero conserva el interés propio de las obras que retratan sin complejos las obsesiones, los miedos y las formas de ocio de una sociedad en plena mutación urbana. Su visión actual permite analizar la evolución de los gustos populares y la persistencia de ciertos géneros comerciales al margen de la crítica institucional.

¿Merece la pena visionar hoy El sexo me da risa?

Acercarse a esta propuesta cinematográfica requiere asumir sus limitaciones formales y sus presupuestos genéricos. No estamos ante una joya oculta del séptimo arte, sino ante un producto de consumo popular concebido para divertir a una audiencia muy específica en un momento histórico determinado. Quien busque una comedia ligera de estructura episódica y aroma retro encontrará en ella motivos de interés antropológico y lúdico.

En definitiva, la película cumple con lo que promete desde su propio enunciado. Su combinación de enredos urbanos, personajes marginales y humor costumbrista sintetiza los excesos y virtudes de una época irrepetible del cine comercial. Una opción válida para curiosos del cine popular que sepan valorar el contexto histórico por encima de las exigencias del cine de autor contemporáneo.