Las cariñosas (1979): una comedia de enredos entre cabarets y picaresca
El cine de comedia siempre ha encontrado en la confusión y en el enredo amoroso una fórmula recurrente para conectar con el público. Adentrarse en una propuesta cinematográfica de finales de los años setenta implica comprender un momento de transición cultural y estética muy particular dentro de la cinematografía hispanohablante. La cartelera de aquella época buscaba fórmulas directas que combinaran el humor popular con situaciones límite donde el ciudadano de a pie intentaba sobrevivir a sus propias mentiras. En este contexto se estrena una obra que utiliza los espacios nocturnos como el escenario perfecto para articular una trama de falsas apariencias, chantajes emocionales y desesperadas soluciones mágicas.
La propuesta narrativa arranca planteando un dilema clásico que cualquier espectador puede reconocer instantáneamente: el miedo atroz a las consecuencias de los actos propios en el ámbito laboral y personal. La premisa se divide en dos frentes humorísticos muy marcados. Por un lado, la obsesión por conquistar a una figura inalcanzable del espectáculo; por otro, la terrorífica misión de disimular un embarazo que involucra directamente a la esposa del superior jerárquico. Esta dualidad temática sirve como motor para construir una cadena de acontecimientos donde la lógica desaparece para dar paso al disparate más absoluto, obligando a los protagonistas a transitar por caminos tan variopintos como la brujería o los planes supuestamente infalibles.
¿Cómo plantea Rafael Portillo la dirección en Las cariñosas?
Detrás de la cámara encontramos a un realizador con experiencia en la industria que entiende perfectamente los códigos del entretenimiento comercial de su tiempo. La dirección de Rafael Portillo prioriza la claridad visual y el ritmo dinámico por encima de cualquier pretensión autoral compleja. Su enfoque consiste en servir de puente entre el espectador y la comicidad física de las situaciones, permitiendo que la cámara respire en los momentos de mayor tensión cómica.
El manejo del espacio escénico resulta fundamental para entender el tono general de la película. Portillo utiliza los encuadres para acentuar el contraste entre la rigidez de las oficinas y la libertad desinhibida de la vida nocturna. La puesta en escena aprovecha los elementos del cabaret para dotar a las secuencias de un dinamismo visual constante, donde las luces artificiales y el barullo ambiental refuerzan el caos en el que se envuelven los personajes principales. Lejos de buscar sutilezas, la dirección opta por la franqueza visual, asegurando que el gag llegue con contundencia al espectador.
¿Qué ofrece el guion de Las cariñosas en su estructura humorística?
El libreto se sustenta en una serie de interrogantes que funcionan como auténticos motores de intriga cómica desde los primeros minutos de metraje. ¿Cómo ligar a una hermosa vedette que se las sabe todas? ¿Qué puede hacer un secretario para ocultar que ha embarazado a la mujer de su jefe? Estas preguntas no son meras ocurrencias promocionales, sino la columna vertebral sobre la que se edifican las diferentes subtramas de la historia.
Para resolver estos entuertos, el guion recurre a soluciones tan rocambolescas como encomendarse a las once mil vírgenes, acudir a un brujo o diseñar un plan que promete ser infalible pero que acumula fallos estructurales cómicos desde su concepción. La escritura de los diálogos busca la complicidad inmediata mediante frases ingeniosas y réplicas rápidas. Aunque la estructura dramática responde a los cánones tradicionales del vodevil adaptados a la gran pantalla, el texto logra mantener el interés del público gracias a la acumulación progresiva de enredos que acorralan sin piedad al pobre secretario protagonista.
¿Cómo valoramos las interpretaciones del reparto en Las cariñosas?
El peso de una comedia de estas características recae casi en su totalidad sobre la química y el carisma de sus intérpretes principales. En Las cariñosas se reúne un elenco de rostros muy conocidos que dominaban con soltura el registro cómico y la fotogenia comercial. Isela Vega aporta a su personaje de vedette una mezcla irresistible de sofisticación, ironía y dominio escénico, convirtiendo cada una de sus apariciones en un ejercicio de autoridad interpretativa frente a los varones desconcertados que intentan cortejarla.
Por su parte, Jorge Rivero encaja con naturalidad en los roles que exigen tanto una planta física imponente como una vis cómica capaz de transitar por la vulnerabilidad y el desconcierto. A su lado, la presencia de Sasha Montenegro refuerza el atractivo visual y el magnetismo propio del ambiente nocturno en el que se desarrolla la acción, mientras que Víctor Manuel Castro completa el engranaje actoral aportando el contrapunto necesario para que las dinámicas de poder y seducción funcionen dentro del caos generalizado. Ninguno de los actores busca la composición psicológica profunda, sino la eficacia inmediata en la entrega del gag.
¿Qué papel juega la puesta en escena y la ambientación en Las cariñosas?
La recreación de los ambientes nocturnos constituye uno de los mayores atractivos estéticos de la producción. El Cabaret que da título al filme no es meramente un decorado de fondo, sino un personnage colectivo que condiciona el comportamiento de quienes lo pisan. La dirección artística aprovecha la estética de la época para inundar la pantalla de texturas, vestuarios llamativos y una iluminación propia de los espectáculos de variedades de los setenta.
Esta ambientación contribuye de manera decisiva a la atmósfera de evasión que propone el largometraje. Los números musicales y las actuaciones dentro de la trama sirven para pausar ligeramente el ritmo frenético de los enredos amorosos, ofreciendo al público un respiro visual cargado de sensualidad y ritmo. La fusión entre el espacio laboral gris y claustrofóbico y el universo luminoso y desinhibido del cabaret genera un contraste visual muy efectivo para subrayar la doble moral de los personajes.
¿Cómo se entiende el contexto y la recepción histórica de Las cariñosas?
Analizar una producción de estas características sin tener en cuenta su marco de recepción original sería un error metodológico. En el año en que llegó a las salas, la industria cinematográfica regional atravesaba un periodo donde las comedias ligeras y el cine picaresco gozaban de una salud comercial envidiable. El público acudía masivamente a las salas buscando reflejos deformados pero reconocibles de sus propias filias, fobias y tabúes sociales.
La recepción de la película en su estreno estuvo marcada por esa conexión directa con las preferencias populares, consolidando un modelo de entretenimiento que priorizaba la risa franca y la evasión por encima de las pretensiones intelectuales. Con el paso de las décadas, Las cariñosas ha sobrevivido en el imaginario colectivo como un testimonio fiel de una época dorada del cine comercial de género, donde la mezcla de seducción, enredos laborales y creencias populares conformaba un retrato entrañable y desenfadado de la sociedad de su tiempo.

