PALOMITEROS
Carátula Parranda

Parranda (1977): el delirio etílico y vitalista dirigido por Gonzalo Suárez

El cine español de la Transición atesora títulos singulares que, lejos del realismo social imperante en otras cinematografías, buscaron en la metáfora y en el esperpento una vía de expresión única. En este contexto se enmarca una de las propuestas más arriesgadas y fascinantes de su autor, un filme que adapta la conocida novela para radiografiar una jornada donde el asueto se desboca por completo. La pantalla se impregna de una atmósfera densa, donde la niebla y el carbón de Asturias sirven como telón de fondo para una peripecia tan trágica como desatada.

La historia arranca en un espacio cerrado y hostil: el cuartel de la Guardia Civil. Allí, un trabajador de los altos hornos asturianos se encuentra detenido y obligado a rendir cuentas ante la autoridad. El motivo de su arresto son los graves desastres causados a lo largo de un día de fiesta junto a dos compañeros de fatigas, conocidos popularmente como el Bocas y el Milhombres. Lo que inicialmente se planteaba como una juerga más entre amigos desemboca de manera vertiginosa en un auténtico delirio de violencia, alcohol y sexo.

¿Cómo plantea Gonzalo Suárez su mirada en Parranda?

La dirección de Gonzalo Suárez se aleja de cualquier convención narrativa convencional para abrazar un estilo visualmente magnético. El realizador imprime un ritmo sincopado que acompaña el estado mental de los protagonistas, atrapados en una espiral donde la cordura se diluye sorbos mediante. La propuesta visual no busca el confort del espectador, sino sumergirle en un estado de confusión febril muy similar al que experimentan los propios personajes en su deambular etílico.

A través de la puesta en escena, el director logra que los paisajes industriales y naturales de Asturias funcionen como un personaje más. Lejos de ser un mero decorado costumbrista, el entorno se convierte en un reflejo del alma torturada y excesiva de los implicados. La cámara persigue a este trío con una inquietud constante, alternando momentos de aparente calma con explosiones de frenesí que desconciertan y atrapan a partes iguales.

¿De qué manera funciona el guion y el conflicto en Parranda?

El libreto vertebra su fuerza en el contraste entre el punto de partida —una simple celebración tabernaria— y la deriva caótica que adquieren los acontecimientos. El relato expone cómo la necesidad de escapar de una rutina opresiva, simbolizada por el duro trabajo en los altos hornos, puede liberar fuerzas destructivas incontrolables. El alcohol actúa como un catalizador que disuelve las normas sociales y empuja a los hombres hacia un abismo de pulsiones oscuras.

La estructura narrativa se apoya en el testimonio del detenido, lo que genera un constante juego de perspectivas sobre lo ocurrido. Esta construcción impide que la trama se simplifique en una comedia picaresca o en un drama moral al uso. La ambigüedad impregna cada secuencia, obligando a quien contempla la obra a cuestionar la fiabilidad de los hechos narrados mientras asiste al desmoronamiento moral de unos individuos arrastrados por su propia inercia destructiva.

¿Cómo brilla el reparto interpretativo en Parranda?

El peso de la película descansa sobre los hombros de un cuarteto actoral de absoluto nivel, cuya química en pantalla resulta tan deslumbrante como turbadora. José Luis Gómez encarna con convicción al trabajador atrapado en el cuartel, aportando la gravedad necesaria para sostener el eje central del relato. Su capacidad para transmitir la incredulidad ante el desastre cometido es fundamental para que el tono de la historia funcione sin fisuras.

Junto a él, José Sacristán y Fernando Fernán Gómez despliegan registros que transitan con naturalidad entre la bonhomía popular y el desvarío más absoluto. Ambos dotan a sus respectivos personajes, el Bocas y el Milhombres, de una humanidad terrenal que impide que se conviertan en meras caricaturas. Completa este trío esencial la presencia de Charo López, cuya intervención aporta matices de gran calado a un universo eminentemente masculino y áspero, enriqueciendo la tensión dramática general.

¿Qué valores estéticos dominan la puesta en escena de Parranda?

La dirección artística y la fotografía juegan un papel decisivo a la hora de construir el universo particular del largometraje. Los espacios cerrados, las tabernas oscuras y los caminos rurales bajo la lluvia se filman buscando una textura casi táctil. La luz y las sombras dialogan constantemente, subrayando el paso de la camaradería inicial a la desorientación nocturna y la posterior revelación diurna de los daños causados.

Esta atmósfera visual refuerza el carácter alucinado del periplo. No hay concesiones al embellecimiento artificial de la miseria o del exceso; la puesta en escena prefiere la crudeza y la estilización lírica para capturar la esencia de un día donde las reglas del orden establecido dejaron de tener vigencia. Cada plano contribuye a cimentar esa sensación de que lo cotidiano puede mutar, sin previo aviso, en una pesadilla surrealista.

¿Cuál es el contexto y la recepción histórica de Parranda?

Aparecida en la segunda mitad de la década de los setenta, la obra se inserta en un momento de ebullición creativa donde el cine español ensayaba nuevas vías expresivas tras el fin de la censura rígida del franquismo. La libertad formal adoptada por sus creadores responde a una época de profundas transformaciones culturales, donde los cineastas buscaban explorar temas hasta entonces vetados o tratados con excesivo encorsetamiento moral.

En el momento de su estreno, el largometraje exigió del público una mirada abierta, alejada de los moldes comerciales más transitados. Con el paso de los años, su valoración crítica ha ido consolidándose como uno de los ejercicios más audaces de su director y una muestra paradigmática de cómo el cine patrio pudo abordar el exceso vitalista sin caer en el tópico. Su legado permanece intacto como un testimonio inclemente sobre los límites de la libertad individual y las consecuencias imprevistas del desfase.