Son de mar: la marea baja y el deseo en el cine de Bigas Luna
El cine español del cambio de milenio buscó en numerosas ocasiones la comunión entre el arrebato pasional y el peso de la tierra. Dentro de esta corriente, la película dirigida en 2001 por el realizador catalán ocupa un lugar singular. Lejos de la estridencia folclórica que a menudo se asoció a su autor en etapas previas, este drama romántico adopta una cadencia pausada, casi hipnótica, para hablar de la memoria, el arraigo y las promesas rotas junto al Mediterráneo. La obra se adentra en terrenos pantanosos donde el amor absoluto convoca de forma inevitable a la tragedia.
¿Cómo plantea Bigas Luna la puesta en escena en Son de mar?
La propuesta visual de la película se sostiene sobre una fisicidad constante que impregna cada plano. El director utiliza el paisaje levantino no solo como un telón de fondo pintoresco, sino como un elemento vivo que condiciona el estado anímico de los personajes. El calor del final del verano, la humedad y la presencia omnipresente del mar configuran una atmósfera donde los cuerpos sudan, se desean y sufren bajo una luz casi abrasadora.
La dirección artística prioriza la textura de las cosas cotidianas. Las sábanas de una pensión, las mesas de trabajo y las barcas de pesca adquieren una relevancia simbólica que traslada al espectador a un entorno palpable. Bigas Luna filma la sensualidad sin artificios innecesarios, confiando en el poder de la mirada y en la contraposición entre la quietud de la tierra firme y la imprevisibilidad del medio marino.
¿Qué aporta el guion de Son de mar al drama romántico clásico?
El libreto parte de una premisa reconocible dentro de los relatos de ausencias y retornos, pero introduce matices sobre la dependencia afectiva y la reconstrucción vital. La historia arranca cuando Ulises, interpretado por Jordi Mollà, llega a una pequeña localidad costera para ejercer como profesor de literatura en un colegio. Su instalación en la pensión familiar donde trabaja Martina, encarnada por Leonor Watling, desata un romance fulgurante que desemboca en matrimonio y en la llegada de un hijo.
Sin embargo, el relato evita caer en la complacencia almibarada al introducir el elemento disruptivo de la desaparición del protagonista mientras pesca. A partir de ese momento, la trama se desplaza hacia el terreno de la supervivencia emocional. El posterior matrimonio de Martina con Alberto Sierra, un próspero constructor al que da vida Eduard Fernández, plantea un dilema sobre la seguridad material frente al recuerdo imborrable del pasado.
¿Cómo responden las interpretaciones al pulso dramático de Son de mar?
El peso de la narración recae de manera casi absoluta sobre un triángulo interpretativo dotado de una química palpable. Jordi Mollà dota a su Ulises de una mezcla de fragilidad intelectual y misterio que justifica la fascinación que ejerce sobre su entorno. Su presencia transmite esa inestabilidad propia de alguien que parece pertenecer tanto al mundo de los libros como a la intemperie del mar.
Frente a él, Leonor Watling despliega una sensualidad magnética y terrenal. Su Martina transita desde la juventud luminosa hasta la madurez forzada por la ausencia con una contención notable. Completa el núcleo principal Eduard Fernández como Alberto Sierra, aportando una solidez sobria que humaniza a un personaje destinado a ocupar un espacio emocional ya habitado por un fantasma. La labor de actores secundarios como Sergio Caballero complementa un retrato coral muy ajustado a la realidad de esa pequeña comunidad.
¿Cuál es la recepción y el contexto de Son de mar en el cine español?
En el momento de su estreno, la propuesta encontró un público curioso por presenciar la evolución de un autor conocido por sus propuestas más viscerales hacia un clasicismo melancólico. La crítica acogió la obra valorando el riesgo de su apuesta formal, aunque no siempre hubo unanimidad sobre la densidad de su tono dramático. Con el paso del tiempo, Son de mar ha quedado como un testimonio estimulante de cómo el cine de nuestro país abordaba las pasiones complejas al inicio del siglo XXI.
La película demuestra una notable coherencia con las obsesiones temáticas de su director, pero las canaliza a través de una elegancia formal poco habitual en su filmografía. La conjunción entre literatura, paisaje y destino trágico confiere al conjunto una identidad propia que perdura en la memoria de quienes se adentran en su marea.

